El otro día fue por primera vez a un supermercado. Salí del chalet caminando porque todavía no he tenido tiempo para comprarme un buen coche y en unos 20 minutos recorrí los 2 Km. que me separan del pueblo. Pasé delante de algunas tiendas y la única que me sonó fue Mercadona; creo que mi mujer compraba las cosas ahí.
Como no tengo ganas de cocinar -no es plan de perder el tiempo- pensé en algo rápido y fácil mientras caminaba por los pasillos, que estaban llenos de extranjeros, la mayoría ingleses. De repente, vi el cartel que cambiaría mi vida para siempre: congelados.
Calamares rebozados, paella, tortilla de patatas, salteado de verduras, muslitos de mar, bombas mexicanas, pizzas de toda clase y condición, calzone...
Luego, después de llenar el carro de buena bebida -gaseosa de Hacendado, sangría de Hacendado y mucho whisky barato- descubrí la comida preparada para cocinar en microondas:
Palomitas de maíz, pollo pimpollo, lasaña, canelones, más palomitas, decenas de bolsas de pop-corn...
Y no podían faltar las papas, lo único que compraba cuando estaba casado. Bajo de nuestra casa estaba la Bodega de El Feli, y el cabrón tenía de todo, pero a mí sólo me interesaban las papas:
Ruffles jamón jamón, de las normales, doritos de todos los sabores posibles, lays campesinas, de las normales... Hasta compré unas papas de esa marca -Hacendado- que está en todas partes. Es curioso, ahora que me doy cuenta, que los gubblins de Hacendado los haya hecho Grefusa. Pillo 15 bolsas más y ya tengo comida -calculo- para un mes.
Cuando me tocó pagar le dije a la cajera -una jovencita llamada Sonia a la que le quedaba muy bien el uniforme- que pasaba de poner en la cinta el contenido de mis dos carros, que estaba cansado. La tía, lejos de cabrearse, llamó a uno y me dijo que antes de las dos de la tarde me la llevarían a casa. No sabía que existiera ese servicio, que está bien, no lo niego, pero me hubiera gustado comerme un par de bolsas de papas por el camino, ¡que son 2 Km!